La espiritualidad de FASTA

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Fr. Aníbal Fosbery O.P.

Universidad Fasta Ediciones — Mar del Plata, 2014

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I. Introducción

Hace ya algunos años elaboramos, en 1998 para ser más precisos, un escrito que titulamos: “Apunte acerca de las notas distintivas de la espiritualidad dominicana y el modo en que se actualizan en FASTA”. En aquellos años ya se había instalado en la Ciudad Miliciana la distinción que finalmente se oficializó al ser asumida por una nueva redacción del Estatuto. Se trataba de definir que era lo que nos acercaba y que era lo que nos distinguía de la Orden de Predicadores, de la cual habíamos surgido. Propusimos distinguir “carisma” de “espiritualidad” y afirmar entonces que FASTA tenía espiritualidad dominicana y carisma propio. Esta distinción provocó no poca sorpresa cuando la expusimos en el Consejo Plenario y, de más está decirlo, el rechazo de algunos de los nuestros.

A mi juicio esta distinción era muy importante para poder percibir cómo, no sólo FASTA sino una gran cantidad de congregaciones religiosas, institutos seculares y movimientos de Iglesia podían participar de la Orden aquella realidad de interioridad y santificación, como es su espiritualidad y aportar, en razón de su objetivo y método apostólico, lo propio de su carisma fundacional.

Hoy en FASTA esto ya no se discute y mucho se ha escrito y hablado acerca de nuestro carisma como realidad de compromiso y misión, que entraña, a su vez, una responsabilidad personal y comunitaria de realización, y, por eso mismo, nos la adjudicamos de modo propio. Es nuestro carisma fundacional.

Teníamos, de todos modos, una deuda con los laicos de FASTA porque todavía no nos habíamos ocupado de desarrollar, como tema de reflexión, las notas distintivas de la espiritualidad que FASTA asume, participando de la Orden Dominicana, en razón de su origen.

Digo con los laicos porque de esto sí habíamos hablado durante un retiro espiritual dado a los sacerdotes de FASTA[1] y, de una u otra forma, las notas propias de la espiritualidad dominicana están presentes en las meditaciones dadas a los sacerdotes y seminaristas de FASTA y luego publicadas.[2] También pueden servir para los laicos, adecuadamente adaptadas.

En Abril de 1998, y ante un pedido que se me hizo llegar redacté unos puntos que a mi entender, describían las notas distintivas de la espiritualidad dominicana y que ha circulado hasta el presente por la Ciudad Miliciana. El presente trabajo intenta desarrollar algunas de las notas desde la perspectiva de la teología espiritual. El tema no está terminado pero creo que con este trabajo se hace un aporte importante acerca de una temática esperada.

II. Consideración genérica

1. Lo común y lo propio de las diversas espiritualidades

Se trata de manifestar el modo cómo se actualizan en FASTA las notas distintivas de la espiritualidad dominicana que pretendemos participar.

En primer lugar debemos notar que en lo esencial todas las escuelas de espiritualidad coinciden porque la vida espiritual o vida interior, como gustan llamarla algunos, no es nada más y nada menos que la participación en nosotros de la vida divina. De manera que, llámese como se llame a ese modo de participación, nunca podrá excluir una doctrina que la sustente, una vida moral que la desarrolle y una vida cultual que la vivifique. En todos los casos, esa doctrina, esa vida moral y ese culto no podrán ser sino lo que surge de los contenidos del Reino de los Cielos, tal como se manifiestan en la Iglesia Católica.

Los medios entonces que todo bautizado tendrá para cultivar su vida espiritual, no podrán ser sino, los que constituyen los contenidos del reino, hasta que el Señor vuelva. Esos son:

Estos medios se orientan primariamente a la adquisición de la santidad de los bautizados.

Mirando a la edificación de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, el Espíritu Santo otorga los carismas, que se ordenan a una realidad de compromiso y misión con su responsabilidad personal y comunitaria para atender a la edificación de la Iglesia. De esto no hablamos aquí aunque no podemos dejar de considerarlo.

La espiritualidad conforma, entonces, un modo colectivo de expresar la experiencia del misterio de Dios en la vida de los bautizados. Hay, por lo tanto, una nota de unidad. De comunión, porque en toda forma de vida espiritual se reflejan las notas distintivas de la vida de la Iglesia: unidad, santidad, catolicidad, apostolicidad.

Si se diera una forma de vida espiritual que careciera de alguna de estas notas, pues no dudamos en afirmar que esa espiritualidad no es verdadera ya sea porque no respeta la doctrina de la Iglesia, o interpreta equivocadamente su propuesta de vida moral o se aparta, en alguna realidad, del culto verdadero.

Cuando se habla de una espiritualidad monástica o franciscana o jesuítica o dominicana, en todos los casos estamos hablando de una experiencia personal y colectiva de participar la vida de Dios en orden a la santidad, tal como lo enseña y se lo vive en la Iglesia. No se trata, por lo tanto, de afirmar que, quienes viven esas diversas espiritualidades que configuran, cada una a su manera, auténticas escuelas de espiritualidad, intentan cosas distintas. Todas buscan delinear un camino de santidad usando para ello, los medios que Cristo, a través de la Iglesia, pone a nuestro alcance. Son intentos comunes de alcanzar la santidad tal como se pueden vivir desde la multiforme gracia de Dios en el Cuerpo Místico de Cristo.

¿En qué se diferencian entonces? Sólo en algunos matices que surgen de los carismas diversos que el Espíritu Santo otorga, en el correr de los tiempos, para que los cristianos edifiquen la Iglesia.

El carisma comporta un compromiso de vocación y misión, la espiritualidad comporta –ya lo dijimos- un itinerario de interioridad y santificación. Carisma y espiritualidad están presentes en la vida de la Iglesia y se reclaman mutuamente. Podemos afirmar la siguiente ecuación:

Para tal carisma, tal espiritualidad.

Hay distintas espiritualidades en la Iglesia porque hay distintos carismas. Debemos, sin embargo, hacer una precisión: una espiritualidad no se agota sirviendo a un carisma. Las grandes escuelas de espiritualidad, tal como se han dado en la Iglesia, han acompañado y seguirán acompañando a diversos carismas. En la espiritualidad benedictina nutren su carisma muchas formas de vida monástica; de la espiritualidad franciscana surgen muchas y variadas formas de vida consagrada, cada una con su propio carisma. Lo mismo podemos afirmar de la espiritualidad ignaciana y la propia de nuestro Padre Santo Domingo.

¡Cuántas obras o misiones y, consecuentemente vocaciones han surgido de lo que hoy llamamos “carisma fundacional”, alimentados por una determinada espiritualidad! La identidad carismática de FASTA se alimenta de la espiritualidad dominicana. Esta espiritualidad, en lo esencial concuerda con todas las legítimas espiritualidades que nutren la vida de la Iglesia, facilitando los medios sobrenaturales para que los bautizados peregrinen hacia la santidad. Interesa, sin embargo, mostrar algunas de sus notas distintivas. Ténganse en claro que lo que se pretende no es hacer una odiosa comparación por “el más o el menos” de estas realidades. Todas son buenas; todas buscan la perfección de los bautizados; todas usan, en conjunto, de los mismos medios. Sólo que, al acompañar carismas diversos en orden a la edificación de la Iglesia, aparecen en cada una de ellas, algunos matices distintivos que, sumados entre sí, la enriquecen mostrando la “multiforme gracia de Dios” y las múltiples vocaciones-misiones que conformen el Cuerpo Místico de Cristo.

2. Un primer esbozo de las notas distintivas de la espiritualidad dominicana[3]

Una espiritualidad es un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios.

Una espiritualidad ofrece:

  1. Modelos concretos de santidad.

En nuestro caso los Santos Dominicos, a partir del Patriarca Santo Domingo, y de la diversidad de santos en respuesta al misterio.

  1. Una doctrina que sostiene la espiritualidad: ésta posee notas distintivas:

    1. preeminencia de las virtudes teologales;

    2. preeminencia de la teología de la gracia;

    3. apertura a la acción de los dones del Espíritu Santo, según una teología del Espíritu Santo.

  2. Es decir, no es una espiritualidad sólo moral sino teológico-mística.

Se ordena a una vocación-misión.

La espiritualidad dominicana ordena fundamentalmente a la misión de la predicación de la Palabra.

Es decir, está en función de sostener a nuestros laicos que participan la misión del Verbo de Dios, misión iluminante, santificante y redentiva. Por esto la espiritualidad dominicana tiene un tono doctrinal que se funda en el Logos de Dios.

  1. La espiritualidad dominicana nacida de la Iglesia medieval, intenta facilitar el testimonio que el laico debe dar de las palabras y de las acciones de Cristo, buscando de esta manera conciliar:

La espiritualidad dominicana no plantea esta problemática en términos dialécticos sino integrativos, desde una realidad superior supra-intelectual iluminante, como es la sabiduría cristiana.

  1. La espiritualidad dominicana integra como sujeto y objeto del quehacer santificador la persona con la gracia, y desde esta perspectiva, salva y perfecciona el verdadero ejercicio de la libertad.

  2. Los laicos para vivir esta espiritualidad centran el desarrollo de su vida en:

3. La espiritualidad dominicana, itinerario de interioridad y santificación

Cuando decimos “espiritualidad” estamos haciendo referencia a un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del misterio de Dios.

Desde esta perspectiva podemos afirmar que la espiritualidad dominicana comporta un itinerario de interioridad y santificación cuyo punto de partida es Dios, Uno y Trino y, a través de un camino de retorno, su punto de llegada es Dios.

La iluminación de la Revelación manifiesta el plan salvífico y universal de redención al que la persona adhiere por un acto de fe, fruto del actuar del Espíritu Santo y la gracia divina en el alma.

A partir de ese acto iluminante, la persona descubre quien es Dios y quien es ella y, al percibir su poquedad y miseria, inicia un camino penitencial de conversión a Dios, intentando restaurar su imagen y semejanza de hijo de Dios, hermano de Cristo y heredero de la vida eterna.

El camino penitencial de conversión lo hace salir del pecado- hábito para instalar su vida en la gracia de Dios, cultivando el ejercicio humilde, prudencial y perseverante de las virtudes infusas, morales y teologales.

En el empeño por retornar a la casa del Padre, se prioriza el ejercicio de las virtudes teologales que tienen a Dios como objeto directo de su operación. El derrotero espiritual se acompaña con un sincero tono penitencial de conversión que centra su motivación más acabada en el sacramento de la reconciliación, al que se añaden sacrificios y mortificaciones exigidas por la rectitud de intención de convertirse a Dios.

El tono penitencial es sostenido y religiosamente enriquecido por la plegaria personal y cultual, a lo que mueve el Espíritu Santo. El rezo cotidiano del Santo Rosario se transforma en una necesidad, como así también la participación en la vida cultual de la Iglesia por el rezo de algunas horas del Oficio Divino (Laudes y Vísperas) y la frecuente recepción de la Sagrada Eucaristía.

En esa etapa de iluminación, -conversión-, el Espíritu Santo mueve el discernimiento para percibir la vocación y la misión a lo que Dios convoca. Se trata de tener un discernimiento cotidiano acerca de:

“Cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. (Rom. 12,2)

De este modo, instalada la vida en la gracia de Dios para cumplir su voluntad, el itinerario espiritual conduce hacia el crecimiento de la caridad y dispone, a la dimensión mística por el accionar del Espíritu Santo y sus dones.

4. La Ciudad Miliciana y su participación en la espiritualidad dominicana

Toda la Ciudad Miliciana con sus Fraternidades, la Sacerdotal, la Laical y las Catherinas no tienen una espiritualidad propia sino que participan la espiritualidad de la Orden de Predicadores.

Esto no comporta ninguna originalidad. Muchos son los institutos religiosos y obras de la Iglesia que tiene carisma fundacional propio y espiritualidad participada. Sin ir más lejos, la Congregación Salesiana participa la espiritualidad de San Francisco de Sales y tiene el carisma propio que le transmitió su fundador San Juan Bosco. Para poder comprender este hecho hay que distinguir el carisma de la espiritualidad:

Ambas son fruto del Espíritu Santo y como la espiritualidad reivindica la comprensión del carisma, no se puede hablar de este sin incluir la espiritualidad que, en el caso de FASTA es participada de la Orden Dominicana[4]. Participar es tomar parte “de algo”.

¿Qué se puede “tomar de una espiritualidad”?

Pues la comunicación de una perfección. Si la espiritualidad comporta una realidad de interioridad y santificación, podemos afirmar que FASTA participa, es decir, toma parte de la realidad de interioridad y santificación propia de la Orden Dominicana, tal como la concibió y legó el patriarca Domingo y se fundamentó doctrinalmente en la teología de Santo Tomás.[5]

El Patriarca Santo Domingo se transforma así en el Padre espiritual de FASTA, sin que esto suponga, desde el punto de vista jurídico que pertenezcamos a la familia dominicana.

El “tomar parte” no puede entenderse, en este caso, en un sentido material como quien toma algo de un todo, sino más bien como indicativo de un bien –la perfección espiritual- que se comunica en razón de la gracia fundacional del Fundador.

El bien que se comunica a través de la espiritualidad dominicana, forma parte de un patrimonio espiritual que Santo Domingo ha legado a la Iglesia y que ha dado suficientes frutos de santidad y perfección, como se muestra en sus santos.

La razón por la cual se participa este bien responde a un hecho histórico: FASTA surge del corazón de la Orden Dominicana, como fruto del carisma de su Fundador, que no en vano es dominico, y que luego se va a transformar en carisma fundacional. Podemos decir entonces que para tal carisma, tal espiritualidad.

Con la participación en la espiritualidad dominicana, FASTA intenta lograr, de modo más eficiente, rápido, seguro y completo, el bien común de toda la Ciudad Miliciana que radica, eclesialmente visto, en la concreción de su carisma. Involucra, por lo tanto, a sus sacerdotes, a sus laicos y a sus consagradas, claro que el dominio, el nivel y la exigencia de esta participación no es la misma en todos los casos.

Lo que aparece como ineludible es la participación misma, porque ella condiciona la existencia misma de la Ciudad Miliciana y su estilo propio de sobrevivir. Esto visto no desde lo puramente personal sino de lo institucional. Es decir, pertenecer a FASTA es, de alguna manera, conocer y participar su espiritualidad.

En la medida que mejor participen los miembros de FASTA, sacerdotes, laicos y consagradas, del bien de la espiritualidad, mejor se asumirá y participará el carisma institucional en las organizaciones, agrupaciones, instituciones, obras, grupos, proyectos de evangelización de la Ciudad.

Hay que tener en cuenta, de todos modos, que se participa de la espiritualidad dominicana en razón del carisma y, este, a su vez, de la situación personal que conforman los miembros de FASTA: sean laicos, sacerdotes, consagradas. El carisma condiciona el modo de participación. Y esto es posible porque una espiritualidad es siempre una realidad abierta.

Un miembro de FASTA, particularmente laico[6] debe empeñarse en tomar parte de los tesoros de la espiritualidad y vivirlos conforme se lo exige el nivel de su compromiso institucional.

Un miembro de FASTA, para tener conciencia de pertenencia a FASTA, debe “tomar parte” de los tesoros que la Iglesia, a través de la Orden, le ofrece: un patrimonio espiritual encarnado en la vida de sus santos, que se transforman en modelos de vida cristiana y un patrimonio doctrinal, que se explicita en el pensamiento teológico de Santo Tomás de Aquino.

Los miembros de FASTA podrán participar la función iluminante y sacramental de la espiritualidad dominicana a través de la vida de la gracia, el cultivo de las virtudes teologales y morales infusas y los dones del espíritu Santo. Dando preeminencia a las virtudes teologales sobre las morales, al intelecto sobre la voluntad, a los dones intelectuales del Espíritu Santo, esto es, sabiduría, intelecto, ciencia y consejo y ordenando la vida ascética a la mística. De esta manera, con su vida espiritual podrán afirmar la primacía de Dios y el auxilio divino, para la salvación.

Los miembros de FASTA, además podrán participar la realidad contemplativa y cultual de la espiritualidad dominicana, cultivando un espíritu de piedad a través de la oración personal que se manifiesta en el rezo cotidiano del Santo Rosario y un espíritu cultual, asumiendo el rico patrimonio litúrgico de la Orden a través del rezo del Oficio Divino o algunas de las principales horas del mismo, buscando que la plegaria surja de un camino espiritual jalonado por la lectura, la meditación, el discernimiento, la oración propiamente dicha, y la contemplación.

Con el cultivo de la espiritualidad dominicana el miembro de FASTA ayudará a hacer presente en todas las Jurisdicciones, agrupaciones y obras, las notas características de la Ciudad Miliciana:

5. Desarrollo secuencial de la espiritualidad dominicana.

  1. Espiritualidad teocéntrica: fundada en el misterio de Dios Uno y Trino, que es el don increado del misterio divino que se nos entrega como gracia, como don creado. La espiritualidad dominicana comienza y concluye en la experiencia viva del misterio de Dios, al cual se adhiere por la gracia divina de la fe, la esperanza y la caridad. Dios habita en el alma para transfigurarla.

  2. Está apoyada en la fe y está sostenida por la inteligencia de la fe.

  3. Su punto de llegada es la “luz de la gloria” en el cielo.

  4. Es una espiritualidad teologal, que se cultiva por el ejercicio de las virtudes de fe, esperanza y caridad, dando de esta manera prioridad a Dios.

  5. Tiene prioridad operativa la inteligencia, en cuanto que es la depositaria del misterio revelado y está abierta a la adhesión e indagación del misterio.

  6. Al acto de la inteligencia, que es creer, se integra el acto de la voluntad, movida por gracia de Dios para adherir: querer creer.

  7. La espiritualidad dominicana señala el itinerario del hombre que regresa a la casa del Padre atraído por Dios, Uno y Trino.

  8. En el itinerario de la vida espiritual como camino de retorno al Padre, tiene prioridad el hábito de la gracia, infundido en el alma por el bautismo.

  9. Este itinerario se ejercita por el cultivo de las virtudes infusas, teniendo prioridad las teologales sobre las morales.

  10. Siempre que opera la gracia, opera Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No se pueden separar el don divino increado, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, del don divino creado, la gracia santificante. Dispone a la vida mística por el ejercicio conciente y creciente de la caridad.

  11. Por la gracia santificante, Dios viene al hombre concreto y lo limpia, lo purifica, lo sobreeleva, lo reviste con el hábito de la gracia, participándole el conocimiento y el amor de Dios y dispone en el camino de retorno al Padre, para ser finalmente revestido de la gloria divina, por el “lumen gloriae”.

  12. La vida espiritual dominicana es teocéntrica, fundada en el misterio de la Revelación de Dios, abriendo por la fe, el alma a la participación de la vida divina y, teniendo a Dios como fin último, camina hacia su imagen y semejanza por el ejercicio de las virtudes teologales y morales infusas.

  13. El crecimiento de la vida espiritual, tal como se la entiende desde lo dominicano, lleva a la vida mística, por el cultivo conciente y creciente de la virtud de la caridad.

  14. La espiritualidad dominicana hace que Dios sea siempre “el que es” en cada opción de la vida.

  15. Es una espiritualidad que ayuda a transformar al hombre de hombre “carnal” a “espiritual”, integrando la fe con la razón, el hombre “exterior” con el hombre “interior”, la naturaleza con la gracia.

  16. La espiritualidad dominicana se apoya en la persona entendida como participando, en su constitución metafísica, del ser de Dios y, por eso mismo, la naturaleza humana tiene una disposición potencial al bien y a la verdad, que hacen posible sea sujeto de la gracia. Esta disposición no desaparece por los efectos del pecado original.

  17. En el ser (esse) de Dios está participada por la persona, la imagen divina y, por eso mismo, con la gracia santificante y el cultivo de las virtudes teologales y morales infusas, el hombre puede avanzar hacia su semejanza divina.

  18. La espiritualidad dominicana rescata al hombre concreto y afirma que, desde allí, es posible la santidad porque hay una disposición ontológica en la naturaleza humana, para poder recibir los bienes de la gracia.

  19. El ser de Dios que el hombre participa como “imagen”, es el que dispone a la santidad, al bien, a la verdad; por eso cuando por el pecado se quebranta la verdad o profana el bien, me quiebro como imagen, como naturaleza.

  20. Esta disponibilidad al bien de la gracia y que participa al ser creado a imagen de Dios, reclama ir hacia la semejanza por el operar de la gracia santificante. Así se da la santidad. La gracia produce el efecto de transformación y transfiguración interior, que va asemejando a Dios.

  21. Para que la espiritualidad dominicana pueda revestir mi vida interior, es necesario que conozca quién es este hombre que soy yo, hecho a imagen y semejanza de Dios. Cómo funcionan sus facultades humanas, su estructura psicosomática, sus apetito, sus pasiones, y, de esta manera, disponerlo para recibir la gracia que le transfigure hacia su semejanza divina.

  22. El punto de partida de la espiritualidad dominicana no está puesto en arrobos místicos ni sensibilidades mezquinas, sino en ese hombre concreto que debo conocer para hacerlo capaz de operar en el camino de la gracia y el cultivo de las virtudes teologales y morales infusas. Aquí reside el realismo de esta espiritualidad.

  23. En la espiritualidad dominicana, la comunión del hombre con Dios, según la economía ordinaria de Dios, se da por el encuentro de la naturaleza con la gracia.

  24. La prioridad que se da al operar del don creado divino para avanzar en el camino de la salvación, expresa a su vez la prioridad de Dios en la espiritualidad dominicana.

  25. La vida espiritual dominicana mira más a Dios, a la gracia y a la virtud que al pecado.

  26. El crecimiento pasa, necesariamente, por el cultivo de las virtudes.

  27. La gracia supone y perfecciona la naturaleza, pero al suponerlo, quiere decir que cuanto más la perfecciona y disponga, mejor y más hondamente actuará la gracia y mayores serán los frutos de santidad.

  28. Los fundamentos de la naturaleza y la gracia hacen que la espiritualidad dominicana esté muy lejos de un misticismo mágico, de puro fideísmo o pelagianismo. La gracia y la naturaleza se requieren mutuamente.

  29. En la espiritualidad dominicana se requiere perfeccionar las facultades propias con las que opero en mi realidad personal. Cuanto mejor operen, mejor serán los frutos de la gracia que produzcan.

  30. Hay que suponer las condicionantes corporales, psicológicos, morales, sobre los cuales debe actuar la gracia para sobreelevarlos, purificarlos, ordenarlos. La gracia, de esta manera, es también sanante de la naturaleza humana.

  31. Caminar los caminos cotidianos de la vida de la gracia, perfeccionando y enriqueciendo la naturaleza, esa es, en definitiva, nuestra espiritualidad.

  32. No necesito medios extraordinarios para mi vida espiritual; no necesito que Dios se me muestre, se me revele, no necesito acciones extraordinarias de Dios. Sólo ser fiel al camino ordinario de salvación: la gracia que me sobreeleva y la virtud que practico de un modo conciente.

  33. No se puede avanzar en el proceso de retorno a Dios si no es insertándose cada vez con mayor profundidad en el misterio del Cuerpo Místico de Cristo, sirviendo de modo conciente y creciente, el misterio de la vida de la Iglesia.

  34. Por la unión hipostática, Cristo tiene una capitalidad en la Iglesia, y desde esa capitalidad que se da por la gracia de unión, nos participa, gracia sobre gracia.

  35. Esto da, a la espiritualidad dominicana su carácter netamente eclesial y Cristocéntrico.

  36. Cristo, cabeza del Cuerpo Místico, es el medio adecuado para que el cristiano puede hacer su retorno al Padre.

  37. Por el Cuerpo Místico de Cristo circula la gracia; allí ha sido sumergido por el Bautismo; allí Cristo, como Cabeza, ilumina y santifica y vivifica a la Iglesia. Hace que los miembros del Cuerpo se puedan unir a Él y de esa unión surge la nota de santidad de la Iglesia. Esta realidad viene de la capitalidad de Cristo que le participa la gracia. Esa gracia de unión es la que se transforma en gracia santificante cuando es participada a los fieles.

  38. Para la espiritualidad dominicana tienen prioridad de naturaleza el ejercicio de las virtudes teologales que abren a la dimensión de la capitalidad de Cristo, don de Cristo, el “pleno de gracia”, opera infundiendo en los fieles “gracia sobre gracia”, siendo el “primero de una multitud de hermanos”.

  39. El Espíritu Santo, que está presente en la Iglesia como promesa, motiva, empuja, logra la comunión, la unión de Cristo con la Iglesia, hace posible la comunión con Cristo.

  40. Así la vida espiritual se acrecienta estableciendo una participación con la santidad del Verbo de Dios y me hace tomar conciencia de mi filiación divina: soy hijo en el Hijo. Participo en la consagración del Verbo de Dios que, por la unión hipostática, es el único mediador. El carácter bautismal me hace participar del sacerdocio de Cristo, pudiendo de este modo, dar y recibir las cosas divinas. Finalmente puedo participar del testimonio de Cristo. Soy testigo ante los hombres y en la sociedad y sus instituciones del sentido escatológico del reino de Dios que ya está entre nosotros.

  41. Participando del testimonio de Cristo como testigo de su verdad, de su amor y de su gloria, integro en mi vida la espiritualidad con el carisma y asumo la misión de “ordenar las estructuras temporales según el espíritu del Evangelio”. Ese objetivo apostólico lo cumple FASTA evangelizando la familia, la juventud y la cultura.

  42. La espiritualidad dominicana conduce a ejercer la “caridad de la verdad” como quería San Pablo. Sólo cuando es posible armonizar la caridad con la verdad se alcanza una auténtica liberación.

    (Gal. 5, 1-25).

  43. En la espiritualidad dominicana, la ascética que resulta de ejercer de modo conciente y creciente la “caridad de la verdad”, no se cierra sobre ella misma sino que se ordena a la iluminación mística que no es adquirida sino infusa y procede de modo normal, de la fe misma ilustrada por los dones del Espíritu Santo.

  44. El principio fundamental de la espiritualidad dominicana reside en la unidad de la vida interior. La ascética o disciplina espiritual no se separa de la mística o contemplación infusa sino que se ordena a ella.

  45. No hay que confundir contemplación infusa de los misterios de la fe y la unión con Dios que de ella se sigue, con las gracias extraordinarias o “gracias gratis dadas”, que son para utilidad del prójimo y no reclaman la santidad del sujeto que las recibe, como ser, las visiones, apariciones, estigmatismas, don de lenguas, don de curaciones, y otras por el estilo.

  46. La contemplación infusa está en la vía normal de la santidad en esta vida y en la otra.

  47. La espiritualidad dominicana sostiene la necesidad de los dones del Espíritu Santo para la salvación. Son necesarios en circunstancias difíciles pues ayudan al ejercicio de las virtudes infusas.

  48. Las virtudes teologales y morales infusas y los siete dones, a saber, inteligencia, consejo, ciencia, sabiduría, fortaleza, piedad, temor de Dios, están conectados con la caridad.

  49. Las virtudes infusas y los dones aumentan con la caridad.

  50. En la conexión de la gracia, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo se manifiesta la armonía y unidad de la espiritualidad dominicana.

  51. El Espíritu Santo está presente en la Iglesia como principio de amor y cohesión entre Cristo y la Iglesia; principio de santificación y perfección que sella, corona y consuma el desposorio entre Cristo y la Iglesia, de la misma manera que el Verbo sella la unión de las dos naturalezas en Cristo.

  52. El Espíritu Santo está presente y opera a modo de promesa y no de unión hipostática.

  53. El Espíritu Santo tiene dos efectos respecto de la Iglesia:

  1. Jesús ha enviado para hacer su obra a dos agentes: su Espíritu y los Apóstoles. Ambos agentes están unidos para edificar conjuntamente el Cuerpo Místico de Cristo, pero el Espíritu tiene una suerte de libertad y autonomía sobre los Apóstoles.

  2. Al acto de fe en Cristo glorioso responde la presencia del Espíritu Santo en el bautizado. De este modo el creyente se hace templo del Espíritu Santo liberándose de la servidumbre del pecado.

  3. El fruto de la vida del espíritu en nosotros es nuestra vida espiritual. El Espíritu activa nuestra fe, produce fervor, paz y alegría; motiva la plegaria al Padre; nos revela el orden querido por la sabiduría divina; opera la glorificación del alma; realiza la resurrección gloriosa de nuestro cuerpo y es la garantía divina de nuestra justificación y participación en la gloria.

  4. El cristiano que está bajo la influencia del Espíritu es “espiritual” y no “carnal”.

  5. Es “espiritual” el hombre que vive en la gracia del Espíritu, que está animado y vivificado por Él. La gracia santificante nos “espiritualiza” y nos hace hermanos de Cristo e hijos del Padre.

  6. La espiritualidad dominicana afirma, contrapone claramente lo “carnal” a lo “espiritual”, tal como lo afirma San Pablo.

  7. No hay que confundir la antítesis de “espiritual” y “carnal” con el “espíritu” y “materia”. En la espiritualidad dominicana no se trata de hacer crecer lo “espiritual” para que desaparezca la “materia”. Hay valores del espíritu que son carnales y pueden y deben sacralizarse.

  8. En la espiritualidad dominicana la santidad no consiste en suprimir la materia, sino en separarla del mal, transfigurarla.

  9. El creyente participa en el Espíritu cuando:

  1. En la espiritualidad dominicana el crecimiento de la acción divina en nosotros puede discernirse por la actividad de los dones del Espíritu Santo.

  2. El cristiano, cuando obra bajo la influencia de los dones del Espíritu Santo, se muestra más dócil a sus sugestiones; más sumiso a su impulso; más propicio a su orientación.

  3. Los dones constituyen más bien una manera de obrar, dentro del campo de la vida virtuosa. Deben, por lo tanto, distinguirse de las virtudes infusas. Nada hay por encima de la virtud de la caridad y, por eso mismo, los dones no superan el obrar de la caridad, pero se puede percibir un acto de caridad perfeccionada por el don de la sabiduría. Y así de las demás virtudes, cada una de las cuales está conectada con un don del Espíritu Santo.

  4. La espiritualidad dominicana describe la vida interior como un entramado que, a partir de la gracia santificante, conecta las virtudes con los dones y los frutos del Espíritu Santo con las bienaventuranzas. Así, el don de entendimiento con la virtud de la fe; el don de la ciencia, con la misma virtud pero a modo de conocimiento discursivo sobre el orden de la naturaleza; el don de sabiduría con la caridad; el don de consejo con la prudencia; el don de piedad con la virtud de religión; el don de fortaleza con las empresas arduas; el don de temor de Dios, con la esperanza.

  5. En la espiritualidad dominicana la plegaria se alimenta de un itinerario espiritual que permite relacionar la plegaria personal con la cultual y viceversa.

  6. La plegaria personal, en la espiritualidad dominicana, es profundamente teologal, fruto de la conciencia de participar la vida divina en nosotros.

  7. La oración cristiana personal se abre a diversos sentimientos: adoración, glorificación, alabanza divina, acción de gracias, ofrecimiento u oblación, petición.

  8. Puede revestir diversas formas: oración vocal, lectura meditada, aplicación de los sentidos a la composición de lugar, presencia de Dios, oración afectiva, oración de simplicidad.

  9. Cualquiera de estas formas vale pero, en la espiritualidad dominicana la oración surge de unos pasos o hitos que van de la lectura y el discernimiento personal para ponerse en presencia de Dios, pasando por el estudio y la meditación que dispone a la contemplación.

  10. La oración cultual se distingue de la personal. Por la oración cultual el creyente participa, por estar unido a Cristo, en la oración y en sus gestos religiosos tal como los expresa la liturgia de la Iglesia.

  11. Lo propio de la espiritualidad dominicana es relacionar los sentimientos y formas de la plegaria personal con la plegaria cultual que se expresa en la lectura del Oficio Divino y la celebración eucarística que es el centro de la plegaria.

  12. La plegaria personal debe llevar a la cultual sacramental.

  13. En FASTA la plegaria tanto personal como cultual- sacramental se sirven con las posibilidades que le impone nuestro propio carisma.

  14. Con el rezo cotidiano del Santo Rosario, la espiritualidad dominicana expresa su índole claramente mariana.

  15. El santo Rosario es una plegaria mixta: une a la devoción y que es propia de la plegaria personal, la meditación de los misterios sobrenaturales de la vida cristiana y de este modo incorpora el itinerario ascendente de la plegaria monástica, haciéndose de esta forma, plegaria cultual.

  16. Para la espiritualidad dominicana, la cultual-sacramental forma parte de los contenidos de la meditación, enriquecido por el don de la piedad.


Notas


  1. Retiro espiritual dado a los sacerdotes de FASTA en Mar del Plata, 11-22/VI/2000, inédito. ↩︎

  2. Cfr. “Parata sunt omnia”, Edit. FASTA; Bs. As; 2001; “Estén preparados”, Edit. Aquinas; Bs. As.; 2006; “Tomismo y espiritualidad”, Edit. Aquinas; Bs. As.; 2005. Cfr. Lippini, Pietro O.P. “La Spirutualita domenicana”; Edit. Studio Domenicano; Bologna; 1987. ↩︎

  3. Redactado el 22 de abril de 1998, para que circulara en FASTA. ↩︎

  4. Cfr. Fosbery, Aníbal; O.P. ; Documento: “Estilo, carisma y espiritualidad en FASTA”; Buenos Aires; ↩︎

  5. Cfr. Fosbery, Aníbal O. P.; “Tomismo y espiritualidad”; Edit. Aquinas; Buenos Aires; 2005 ↩︎

  6. Los sacerdotes y consagrados si bien participan la misma espiritualidad que los laicos, la sirven de otra manera en razón de su consagración. ↩︎